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sábado, 28 de octubre de 2017

Peatonalizar con consenso

María Vega
23/10/2017
El Mundo

En 2015, la contaminación provocó nueve millones de muertes en el mundo y cerca de 24.000 en España. Son datos estremecedores que la respetada revista médica The Lancetpublicó la pasada semana en un informe que no debería pasar desapercibido, ya que los expertos que lo firman alertan sobre cómo esta cifra va en aumento en países como el nuestro a causa de la mala calidad del aire.

En febrero de este año, la Unión Europea dio un ultimátum a España por el elevado nivel de contaminación atmosférica en Madrid y Barcelona. El aire que respiran los habitantes de las dos principales metrópolis españolas sobrepasa "de manera constante" -subrayaba la Comisión- los niveles recomendados de dióxido de nitrógeno. El efecto es devastador en niños, ancianos, alérgicos y personas proclives a padecer enfermedades respiratorias.

Las restricciones de tráfico a las que los madrileños se empiezan a acostumbrar en otoño, cuando las condiciones meteorológicas no ayudan a diluir la polución, son un parche insuficiente para combatir una de las principales amenazas para la salud en el siglo XXI.

España tiene que cambiar el chip. La contaminación no es una consecuencia inevitable del desarrollo económico. Al contrario, la bicicleta se está convirtiendo en icono de los países más avanzados de Europa, mientras las 'boinas' de humo son una estampa cada vez más asociada al mundo en vías de desarrollo. Ciudades como Oxford han convertido en emblema el fin de las emisiones. La villa que acoge la universidad más antigua de Reino Unido aspira a convertirse en la primera ciudad "cero emisiones" del planeta ya en 2020. Un objetivo que se enmarca en la tendencia que trae la smart city de relegar el papel del coche a un segundo plano para que el peatón sea protagonista del espacio público.

Retrasar el cambio es burlar el Acuerdo de París y confundir a la ciudadanía despreciando los informes que nos alertan de las consecuencias para la salud de vivir rodeados de humo.

En este contexto, sorprende la torpeza con la que Madrid está getionando la reducción del tráfico en el centro de la capital.

Tras el fiasco de la efímera peatonalización de la calle Galileo, el Ayuntamiento de la capital ha decidido poner en marcha la remodelación de la Gran Vía sin que exista consenso ni entre los concejales, ni entre los madrileños, sobre este proyecto. El objetivo es convertir la centenaria calle en un espacio con poco tráfico y más transitable. Pero para que no fracase es imprescindible que se acompañe de un plan de movilidad que ofrezca alternativas eficaces de transporte a los ciudadanos. Y, por supuesto, que cuente con el acuerdo de todos los implicados, pues el trazado urbano no puede estar sujeto al cambio de color político en el consistorio.

Londres ha estrenado esta semana un nuevo peaje a la contaminación con el apoyo del 74% de los londinenses. Un consenso que, con toda probabilidad, no hubiera sido posible sin la concienciación previa de la ciudadanía. Para el 45% de sus habitantes, la contaminación es el problema más acuciante de la cosmopolita ciudad.

Dicen que la industria del automóvil va a afrontar la mayor transformación de su historia en los próximo años con el vehículo eléctrico. Ese relevo va a estar acompañado por la revolución urbana que explusará el coche del centro de las ciudades. La tendencia es imparable. Preservar la calidad del aire debe ser ocupar un lugar prioritario en la agenda política y es vital que las administraciones implicadas afronten el reto de la movilidad colectiva con planificación y acuerdo para no jugar con algo tan importante como son las comunicaciones y la salud de la ciudadanía.

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