No somos ciclistas, conductores ni peatones, somos personas que van en bici, en coche o andando

Ahora que hay más bicis, se acentúan los problemas de convivencia entre los usuarios de los distintos medios de transporte

La solución pasa por explicar bien los derechos y deberes de cada uno y por convencernos de que compartimos y construimos juntos nuestro espacio común llamado ciudad


Una Flying Pigeon, aparentemente la bicicleta más popular del mundo (es china)

Tengo un amigo que tiene un amigo que presume de pasar rozando a las personas que van en bici por ciudad. Según el amigo de mi amigo, o según mi amigo, que creo que ya los confundo, “es un absurdo la manera en la que están afrontando muchos ciclistas la convivencia con los coches, tienen todas las de perder y seguramente pierdan”. Por eso, a los dos amigos les parece normal asustar con un vehículo de más de mil kilos de peso a una velocidad igual o superior a 50 km/h a otra persona que se mueve sobre una cosita de doce kilos y con la única protección de su carne y sus huesos.

Más allá de lo que pueda significar en cuanto al tino que tengo para elegir mis amistades, la anécdota retrata algo bastante común en esto de la convivencia en general y, en concreto, en lo de la convivencia en materia de movilidad. A veces vamos por la vida preocupados por que se salve lo nuestro y ajenos a cómo esté lo de los demás. Nuestro yo nos impide ver el tú, el él, el nosotros, el vosotros y el ellos como si tuviéramos una coraza construida a base de asuntos propios que nos protegiese de los de los otros. Cuando vamos en coche, se suman a esa coraza otras como la carrocería, el aire acondicionado, el equipo de música… Nos aislamos así aún más del resto de las personas con las que convivimos.

Cuanto más cerca pasa el amigo de mi amigo de las personas en bici que se cruza en la ciudad, más lejos está de esa realidad y de los derechos de sus conciudadanos. Insensibilizado por su razón, su ego y su costumbre, le trae al pairo que su vecino en bici tenga el mismo derecho que él y su coche a circular por la calzada y que su adelantamiento machote pueda hacer daño al otro. Posiblemente sin siquiera darse cuenta, se comporta como un matón de colegio quitando el balón a los pequeños. Todo muy maduro y tal.

Del mismo modo, toda esa gente que va escopetada en bici por las aceras sorteando gente, cacas de perro, basura, ramas de árboles y mobiliario urbano y provocando sustos y merecidos improperios de los que las caminan, está haciendo lo mismo. Convencida de que su miedo a enfrentarse a los coches en la calzada le da derecho a invadir un espacio que no es suyo y meter miedo a los peatones, reproduce ese comportamiento egoísta e insensible del amigo de mi amigo y traslada la inquietud al eslabón más débil de la movilidad urbana.

A estas alturas, con la sociedad ya crecidita y madura que deberíamos tener, uno piensa que a más de uno lo que le hace falta son dos bofetadas... Pero en seguida uno recapacita y se da cuenta de que quizá estemos a tiempo de solucionar la cosa con un poquito de comunicación.

Estaría muy bien que los que se supone que administran nuestras cosas se preocupasen de contar bien y a todo el mundo que tenemos nueva chica en la oficina, que se llama bicicleta y que, además de tener un montón de virtudes que hacen bien no sólo a los que se mueven con ella sino incluso a los que se deciden a ir en coche, también tiene unos derechos y unos deberes en materia de circulación. Ya sabemos, porque se ocupan cada día de recordárnoslo, que no hay dinero para infraestructuras pero seguro que algo pueden rascar para una campañita de publicidad en condiciones que explique a todos eso que algunos tenemos muy claro: ciudades con más bicis son mejores ciudades. Y, de paso, algunas normas básicas de convivencia.

Por nuestra parte, la de los ciudadanos, la campaña que podemos hacer es tratar de recuperar la comunicación entre personas. Porque eso es lo que somos. No somos ciclistas, conductores ni peatones. Somos personas que van en bici, personas que van en coche y personas que van andando. Y vivimos en común y lo mejor es que nos entendamos. Por eso, creo que me toca hablar con los dos amigos, escucharles y contarles y, quizá, llevármelos a dar una vuelta en bici para que vean que lo que es absurdo es empeñarnos en no convivir. Y supongo que también me tocará tratar de explicar a toda ese gente que va en bici por la acera que ese no es lugar, aunque empieza a ser tanta que no sé si me va a dar tiempo en esta vida.

Mientras, igual podemos intentarlo. Basta con que nos demos cuenta de que podemos ampliar nuestra preocupación por el bienestar del yo y convertirla en conciencia por el bien del nosotros. Así, no sólo estaremos trabajando por nuestro beneficio individual, sino que estaremos contribuyendo al de los demás, que también es el nuestro. Y si, llegado a este punto, el que me lea piensa que me he metido en un galimatías de autoayuda y movilidad, que sepa que se equivoca. Esto que acabo de escribir puede ser un galimatías, pero no va sólo sobre movilidad.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LA PEATONALIZACIÓN, A PASO LENTO EN ZARAGOZA

BOFETADAS CON SUTILEZA

Las aceras no son para las bicicletas