No se nace peatón, llega uno a serlo

publicado por Francisco Reynoso
agosto 17, 2015 
 
En 1949, Simone de Beauvoir nos regaló una máxima del feminismo: No se nace mujer, una llega a serlo. Con esta frase la filósofa francesa nos enseñó que el carácter de “la mujer” no le viene de su condición biológica, sino que es un producto cultural que se construye socialmente y que cambia a lo largo de la historia. Hasta entonces la mujer se había definido siempre con respecto a algo: como madre, esposa, hija, hermana; pero, ahora, sabemos que muchas de sus características no son reflejo de sus genes, sino de cómo han sido educadas y socializadas.
 

Un peatón cruzando el Circuito Cultural en Ciudad Universitaria para llegar al MUAC. Foto: Francisco Reynoso
Un peatón cruzando el Circuito Cultural en Ciudad Universitaria para llegar al MUAC. Foto: Francisco Reynoso

Lo mismo sucede en el tema de la movilidad: No se nace peatón, uno llega a serlo. A pesar de lo que dicen los distintos grupos de activistas involucrados en los temas de “movilidad sustentable”, no #TodosSomosPeatón, pues no es nuestra condición biológica de bípedos, sino nuestra educación, la que nos hace ser peatones. O como me diría Paulina López en una de nuestras múltiples charlas: “ser peatón es una postura política”. Lo que significa forzosamente que para ser peatón hay que hacer un ejercicio reflexivo y autonombrarse.


Equiparar a los peatones con las mujeres no es una ocurrencia; ambos comparten rasgos semejantes. Se me ocurren tres. Primero, tanto mujeres como peatones, en sus respectivos ámbitos, son los grupos minoritarios; pero entendidos éstos desde su calidad vulnerable y no por su cantidad insuficiente. Segundo, si el género es una construcción social entonces la mujer también se autonombra. Y tercero, el peatón al igual que la mujer se ha (mal)definido con respecto a algo: primero con el coche y después con la banqueta.
Sin embargo, en este caso, definirse en contraposición al automóvil tiene sentido porque el peatón se rebela ante el establishment del coche que exige el 74% de los recursos para la movilidad1 y el 85% del espacio de las calles2 para apenas el 29% de la población;3 ésa es su postura política: reconocer y reclamar la inequidad en la repartición de los recursos. Lo mismo sucede con los ciclistas. Pero, si los peatones están en la cúspide de la pirámide de la jerarquía de la movilidad ¿cómo educamos o socializamos entonces a los otros de que caminar es lo correcto, lo que tiene sentido? En otras palabras, aprovechando el Día Internacional del Peatón ¿cómo hacemos conversos?


Los activistas del ciclismo, por ejemplo, nos han instruido en innumerables ocasiones sobre los beneficios de la bicicleta como un medio de transporte limpio y eficaz: “haces ejercicio”, “mejoras tu sistema inmune”, “liberas endorfinas que te ponen alegre”, “no hay atascos”, “cero emisiones”, “llegas más rápido”, “tienes mayor libertad”, “puedes llegar más lejos”, etcétera. Pero estos beneficios no los distingue de las otras maneras de moverse. Los beneficios objetivos, por ejemplo, aquellos que están relacionados con la salud –física y ambiental- por ser una manera activa de moverse, son beneficios que caminar también tiene. Y los subjetivos, que no son ventajas reales sino percibidas, los comparte tanto con peatones como con automovilistas. ¿Qué es entonces lo que distingue a los peatones de los ciclistas y de los automovilistas?


La  V E  L   O    C     I      D       A        D 
La única variable objetiva que hace una diferencia entre peatones, ciclistas y automovilistas es la velocidad con la que se desplazan; es decir, la rapidez con la que cada uno atraviesa el mismo espacio. A mayor velocidad, más pobre será nuestro conocimiento de la ciudad, porque no tendremos el detenimiento suficiente para conocer sus detalles. Por eso, cuando la gente se desplaza en automóvil suele tener una idea muy fragmentada del espacio, especialmente porque los automovilistas suelen subirse al coche en un lugar privado –su casa- para bajarse en otro igual –su oficina o el centro comercial. ¿Qué lectura de la ciudad puede tener un automovilista encerrado en una burbuja que viaja a 80km/h?


En cambio, cuando uno camina construye una imagen mucho más rica y compleja de la ciudad. Tuline Gülgönen, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, estudia desde la sociología de la infancia la manera en la cual las niñas y los niños se relacionan con la ciudad y la vida pública urbana. Su proyecto que más me impactó consistía en pedirles a las niñas y a los niños que dibujaran el trayecto de su casa a la escuela. Aquellos que llegaban en coche eran prácticamente imposibilitados para recordar algo que no fuera su casa y la escuela, y en medio, a veces, una calle llena de coches. En cambio, los que llegaban caminando podían hacer referencias al perro que les ladraba, la caseta telefónica a media banqueta, la tiendita donde compraban agua, el puesto de periódicos de Don Juan, un árbol grandísimo que les daba sombra, un paso de cebra y otras tantas cosas más.

Esta lectura más rica de la ciudad estimula el sentimiento de apropiación del espacio, pues mientras más detalles conocemos de un lugar, más nuestro lo hacemos. Es como si domesticáramos la calle. ¿Recuerdan la charla del zorro y el Principito cuando se conocieron? Si uno domestica algo se crea un vínculo afectivo y, entonces, hay que cuidarlo; es tal cual una relación. Esto significa que las calles también se quieren y, por ello, también se cuidan. Nuestra responsabilidad ciudadana debe venir entonces del amor, no de la moral. Ahora entiendo el graffiti que está desde hace años en un puente de Circuito Interior y que dice: “La calle es mi novia”.

Graffiti en uno de los muros del Circuito Interior de la Ciudad de México. Foto: José Ignacio Lanzagorta
Graffiti en uno de los muros del Circuito Interior de la Ciudad de México. Foto: José Ignacio Lanzagorta

Así, la apropiación del espacio, que es mucho más sólida e intensa cuando caminamos que cuando andamos en bici o en carro, nos obliga a cuidar el lugar. Dicho de otra manera: caminar construye mejores ciudadanos. Pero, dado que el lugar es compartido, la construcción de ciudadanía sólo será exitosa en la medida en la que se involucre a los demás a utilizar y cuidar el espacio.

Solemos decir que la movilidad es un medio para acceder a los bienes y servicios que la ciudad nos brinda, nunca un fin. Pero, si caminar la ciudad nos hace quererla; y si quererla nos hace cuidarla; y si cuidarla implica defenderla de intereses que no sean públicos –como lo que está sucediendo con el “Corredor” “Cultural” Chapultepec-, entonces caminar se vuelva una obligación, una responsabilidad ciudadana. Caminemos, salgamos a la calle, apropiémonos del espacio, de nuestra ciudad.

Francisco Reynoso es maestro en estudios urbanos por el Colegio de México y  labora actualmente en el Programa Universitario de Medio Ambiente de la UNAM.

Comentarios

  1. Un texto precioso, lúcido y certero. Paseantes, peatones, andariegos: dejen de implorar prudencia y unas migajas de respeto a las administraciones y exijan el lugar que les corresponde: El MÁS TRASCENDENTE de la ciudad. Son los otros modos de movilidad y las infraestructuras las que deben adecuarse a USTEDES, y no al revés.

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