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miércoles, 24 de enero de 2018

LAS CALLES NO SON DE GOMA

Ramon Suñé
La Vanguardia

El título de arriba es una obviedad. Sin embargo,no está de más recordárselo de vez en cuando a los olvidadizos encargados de tomar las decisiones sobre el rediseño urbano de Barcelona.
 

En los últimos meses una plaga de bolardos bicolores se ha extendido por la ciudad al mismo tiempo que esta se llenaba de carriles bici. Dicen que el número de desplazamientos en dos ruedas y a pedales se ha disparado. Será verdad, pero también lo
es que por muchas de las ciclovías –las nuevas y las que ya llevan tiempo en servicio– no
pasa un ánima. ¿Se han planteado las autoridades locales que quizás hayan sobredimensionado el alcance del fenómeno de la bici?


Es probable que por el simple hecho de atreverme a formular esta pregunta, para la que no tengo respuesta clara –¿qué ha de ser primero, el carril bici o el ciclista?–, algunos poseedores de la verdad absoluta, seres moralmente superiores a quienes desconfiamos de sus dogmas ideológicos, entren en estado de ebullición.

Es cierto que la bicicleta forma parte ya del paisaje urbano, que ha llegado para quedarse. Pero, ¿a quién ha sustituido? ¿Al automóvil? ¿A la moto? Mucho me temo que no. En la mayoría de los casos donde hoy hay un ciclista a tiempo completo o parcial antes había un peatón, un usuario del transporte público o alguien que combinaba estos dos modos de desplazarse.
 

Vivimos en una maravillosa ciudad en la que en los carriles bus apenas cabe un autobús; una ciudad en la que, tras unos años de crisis, las ventas y matriculaciones de automóviles vuelven a aumentar; donde la creciente limitación de plazas de estacionamiento en superficie afecta sobre todo –y esto no es demagogia– a quienes no pueden pagarse un parking privado; una metrópoli que no ha resuelto jamás el reto de mejorar las operaciones de carga y descarga; que sólo en el municipio central tiene censadas más de un cuarto de millón de motos y ciclomotores que en algún sitio han de poder aparcar; una Barcelona que, afortunadamente, amplía aceras casi siempre que reforma una calle principal, pero que quiere meter con calzador un tranvía por la Diagonal y que, por si faltaran ingredientes, dibuja espacios para bicicleta en una calle, en la de arriba, en la de abajo, por todas partes. No me salen las cuentas.

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