LA SOCIEDAD DE LAS ACERAS La calle como institución social. (3 de 4)

Manuel Delgado
Profesor de Antropología Religiosa
Departament d’Antropologia Social
Universitat de Barcelo

 
Luchas callejeras

Entre aquellas formas de apropiación que hacen de la calle una institución
social de primer orden se han considerado hasta aquí sólo aquellas protagonizadas
por individuos que se solos o en compañía de otros llevan a cabo acciones efímeras
difusas, es decir dispersas, difuminadas. Junto a esas actividades de índole molecular,
otras se basan en la generación, también transitoria, de unidades molares momentáneas,
conformadas por viandantes que se coaligan para utilizar coralmente un
determinado espacio público. En este caso son prácticas fusionales las que abundan
igualmente en la naturaleza de la calle como institución social de primer orden. La calle
aparece entonces más claramente que nunca como lo que ante todo es: un espectáculo,
un teatro en que se representan los grandes y los pequeños dramas urbanos,
de los más trascendentes o solemnes a los más triviales. No se olvide que fue ese
papel el que justificó en un cierto momento del siglo XIX la aparición de las terrazas o
las vitrinas en los cafés, los balcones en las viviendas o la disposición de los asientos
públicos: la concepción de la calle como proscenio para una determinada teatralidad,
cuyo asunto eran los avatares grandes o pequeños de la vida pública, es decir de la
vida exhibida y contemplada por todos en un espacio igualmente accesible a todos.
 

Las unidades colectivas que se apropian de determinadas calles y plazas
lo hacen para asignarles un valor simbólico-expresivo especial. Estas prácticas de
ritualización del espacio público suelen comportar algo así como desplazamientos
o estancamientos supernumerarios, en el curso de los cuales un cierto lugar
o itinerario reciben una calidad especial y superior, que altera el uso altamente
diferenciado de un tramo de la red viaria que, de pronto, pasa a servir para una
única cosa. El paradigma de estas formas de tematización es sin duda la fiesta,
esa oportunidad más o menos regular en la que la calle es apropiada –en el
sentido de considerada adecuada– para fines no instrumentales por parte de un
conglomerado numeroso de personas que han concertado una cita para hacer lo
mismo, en el mismo sitio, en un mismo momento y con un mismo significado.
 

Las apropiaciones fusionales de orden festivo llevan hasta sus últimas consecuencias
una de las funciones claves que otorgan a la calle un valor muy superior
al que los planificadores le suponen. Lo que hasta entonces podrían haberse
antojado simples huecos o hendiduras entre volúmenes construidos, aparecen en
ese momento como marcos en una pequeña o gran multitud expresa al unísono
sentimientos, deseos o convicciones compartidas. Los reunidos no sólo emplean
los puntos y trayectos urbanos escogidos para decir algo, sino que lo hacen a través
suyo, como si esos lugares privilegiados no fueran sólo marcas en un mapa,
sino los elementos básicos de un lenguaje. Las manifestaciones, las procesiones,
las carreras populares, las cabalgatas, los desfiles, las rúas, las recepciones triunfales,
las concentraciones festivas de cualquier índole –religiosa, política, civil...– son
exhibiciones que convierten lo que en la vida ordinaria es una profusión inmensa
de diagramas, de recorridos y de esquemas distributivos múltiples en alguna cosa
compacta y unificada, cuanto menos durante el breve periodo de tiempo en que se ha
producido la fusión celebrativa. En tales oportunidades excepcionales las calles y las
plazas experimentan una transformación radical de sus usos y funciones habituales.
 

De manera significativa, grupos compactos de viandantes ocupan la calle y
expulsan de ella la presencia ahora percibida como intrusa de los automóviles. Se
subraya así que el papel protagonista del transeúnte ha obtenido la posibilidad de
alcanzar unos niveles excepcionales de aceleración y de intensidad, como si, periódicamente,
la excepcionalidad festiva le otorgase el reconocimiento como elemento
central de toda experiencia urbana. En estos acontecimientos extraordinarios son
cuerpos los que, como ocurre normalmente, circulan por la calle o se detienen en
la plaza. Pero ahora lo hacen congestionando un conducto habitualmente destinado
al tráfico rodado, llenándolo con un fluido excepcional de seres humanos que van
a pie de manera compacta y ostentan un deseo compartido de exhibirse en tanto
que comunidad movilizada. La ciudad y su entramado de calles se convierte así,
en el sentido más literal, en un lugar para la acción social, puesto que la sociedad
ha transformado el entorno urbano en un soporte para corporeizarse, se ha objetivado,
convirtiéndose en una realidad espacio-temporal explícita, no latente.
 

Lo que la fiesta pone de manifiesto es que el uso extraordinario que recibe
la calle o la plaza es una expresión más de cómo una comunidad socializa el espacio
para convertirlo en soporte para la creación y la evocación de significados,
territorio en que desplegar determinados temas y elementos simbólicamente
eficaces: gigantes y cabezudos, eslogan reivindicativo, imagen religiosa en procesión,
banderas y pancartas, himnos políticos o religiosos, gritos desordenados
del carnaval, música alegre de los pasacalles..., empleos específicos del espacio
público por parte de una colectividad que, inmóvil o itinerante, nunca escoge en
vano sus preferencias espaciales. En esas circunstancias el espacio público es
objeto de una transformación no sólo por los cambios en la intensidad y la calidad
del flujo que en se arremolina o se mueve, sino también por todo tipo de manipulaciones
acústicas y ornamentales, que dan idea de la naturaleza que los actos
festivos tienen de auténticas performances, de las que las aceras, las calzadas,
las esquinas, los balcones, los quicios, las esquinas, los comercios y todos los
demás elementos escénicos de la vida cotidiana son al mismo tiempo decorado
y –por la súbita revitalización que les afecta– parte misma del cuadro de actores.

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